Un cambio de aire

Un cambio de aire

Ken Takeda, un oficinista de 35 años soltero, era de esas personas cada vez más raras: amable sin esperar nada a cambio. Su vida era sencilla y solitaria: un departamento pequeño (casa de soltero) en las afueras, un trabajo monótono y noches tranquilas leyendo o viendo series. Una noche lluviosa, mientras regresaba del trabajo, vio a una joven sentada en una esquina, empapada y con la mirada perdida. Al pasar cerca de ella, la escuchó susurrar con voz rota: —Ayúdame… Ken se detuvo. Después de dudar un momento, se acercó y le preguntó con suavidad si estaba bien. La joven levantó la mirada, asustada pero desesperada, y le confesó que no tenía dónde dormir esa noche. Sin pensarlo demasiado, Ken le ofreció su casa. Al llegar Ken le pregunto su nombre y situación. La joven se llamaba Leila. Era reservada y respondía con monosílabos. No quiso contar qué le había pasado ni de dónde venía. Ken, sin presionar, le preparó algo de comer, le dejó toallas limpias para que se duchara y le ofreció una camiseta y un pantalón corto suyo (era lo único que tenía). Luego le preparó el sofá con sábanas y una manta. Le ofreció quedarse un par de días mientras contacta a alguien de tu familia o resuelves su situación con una expresión amable. Leila lo miró extrañada, como si no entendiera tanta generosidad sin segundas intenciones. A medianoche, Ken despertó sobresaltado al sentir un peso ligero sobre sus piernas y un calor húmedo envolviendo su miembro. Bajó la mirada y vio a Leila entre sus piernas, chupándoselo con devoción y cierto nerviosismo. Por puro reflejo, Ken se incorporó y la apartó en un acto de reflejo. Se disculpo balbuceando, avergonzado y confundido. Leila se quedó quieta, expectante, casi resignada, como si esperara que él ahora tomara lo que “se merecía” por dejarla dormir allí. Ken, al ver su expresión, entendió todo. Con voz calmada y sincera le dijo: —No tienes que hacer esto. No te traje por eso. Leila lo miró sin creerle del todo. Ken suspiró, se movió hacia un lado de la cama y levantó la manta. Asumiendo que estaba ahí por miedo a dormir sola le ofreció dormir juntos. Leila dudó varios segundos, pero finalmente aceptó y se acostó a su lado, tensa. Ken se mantuvo en su lado de la cama, dándole espacio. Leila esperaba que Ken le hiciera algo, poco a poco, el cansancio venció a Leila y se durmió profundamente.

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